EL HOMBRE IGNIFUGO:
Capitulo ll:
La tercera vez que me enredo entre las sábanas sujetando la almohada con el brazo izquierdo levantado y apoyado en la esquina derecha, logrando así que mi cabeza quede totalmente oculta, me incorporo en penumbra y las luces fosforescentes de mi reloj me dicen que hoy tampoco voy a trabajar porque son las "manecilla pequeña en el segundo palito después del punto gordo y la grande en menos diez", lo cual me obliga a encender la pequeña lampara de la mesilla para comprobar si son las dos menos diez o las tres menos diez; algo que en realidad no me importa demasiado, bueno, sólo para que mi juramento sea más galáctico, suprahumano, casi divino...
¡Me cago en la virgen! ¡Las tres menos diez!, mientras salto sobre el parquet y corro por el pasillo hasta el cuarto de baño para verme de frente con el cepillo de dientes moviéndose frenética y espasmódicamente de lado a lado de mi boca y se deja entrever una espuma que, de no ser verdosa, hubiera confundido con la rabia.
Este gesto diario (el de limpiarme los dientes) me tranquiliza mucho y todavía no sé a qué se debe, pero... bueno... me sosiega, me veo mejor y me deja sonreír aunque el cepillado no consiga disimular las manchas de tabaco y el inevitable sarro que se va formando, supongo siempre, porque nunca he visto un vídeo de cómo he de cepillarme bien los dientes, aunque sí me lo han explicado más o menos gráficamente mis dentistas.
Mientras la capa más superficial de mi cerebro hacía estas banales conjeturas, mis otros cerebros iban, uno de ellos recapitulando las escenas del día anterior y el otro, el de la supervivencia, maquinaba una nueva excusa para mantener, al menos por unos días, el empleo. Tras una dura lucha entre éstos últimos y todo esto frente al espejo, mis dedos marcaron primero el de Tomás, y mientras "airtel" me volvía a contar su monocorde perorata, yo me atusaba el pelo con la mano derecha pensando en cómo llegar a los treinta sin tener que recurrir al Hare Krisna militante, mi mano izquierda marcaba con el dedo gordo, porque es así como he llamado siempre al "pulgar" y que a su vez me recuerda infinitamente menos a la palabra purgar, lo cual conllevaría que yo pensara y además imaginara qué tipo de purgas se podían hacer con este dedo en la antigüedad y que siempre conseguían que me picara el culo y, como quiera que en este caso, la premura de tiempo, porque el teléfono ya olía a oficina, me instigara a evitar pensar en estas cosas, no lo hice, pero sí que me dio tiempo suficiente para tomar aire profundamente y provocar así que mi garganta y lo que quedaba de mis pulmones se resintieran de tanta opulencia y agasajo en sus necesidades respondiendo a ello con un fuerte tosido acompañado de un esputo de los que cuesta encontrar y que encontré diez minutos después al lado del bote de jabón líquido; entre este y un bote de gomina que hacía tres meses que no usaba pero que siempre quería tener a la vista por si me decía algo algún día.
No tuve que dar explicaciones porque Juan, el telefonista, me reconoció "por la voz" y, con resignación, se despidió de mí hasta el Lunes.
Me había quitado dos pesos de encima porque esto significaba que no había mucho curro y que por el momento mi trabajo podía continuar dándome alegrías al menos hasta la próxima nómina.
Esta vez, tras la ducha, el desayuno, el zapping mientras escogía la ropa y asegurarme de cambiar las llaves y el dinero de pantalón, salí a la escalera y aunque llamé al ascensor, baje andando a saltitos a lo "jilipollas", dejando los dos últimos escalones para bajarlos de golpe con pasitos en el aire y repitiendo la acción en todos los descansillos.
Sin nada especial que describir, llegué al bar de Nino, lo cual indica, al menos en mi caso, que existía en mí una cierta angustia... Ansiedad.
¿Has visto a Tomas? .- No (con mirada esquiva, como receloso de mí).
.- Te han llamado a ti también ¿no?.
Entonces Nino reacciona y se pone ante mí como un resorte (si fuera un coche se podía haber medido la frenada). :- ¿Qué está pasando tío?, ¿En qué andáis? ¡Esto no me gusta nada, empieza a oler mal y encima no sé qué puedo tener que ver en esto!
Por un momento pienso que lo de "el hombre ignífugo" no es tan grave como para ponerse así, pero en décimas de segundo me doy cuenta de que los dos hablamos de lo mismo y que "lo mismo" se llama Tomas.
"Yo estoy igual que tú, le digo... Ponme una caña y esperamos a Tomas, ¿vale?.
Me pone una caña, me acerca el plato de pinchos de tortilla y me guía con 8un leve movimiento de cabeza y su reojo hasta la prensa del día. Yo leo y él limpia vasos y rellena las cámaras para la tarde noche. ES viernes.
Decido tomarme en otro sitio con la excusa de: "siempre vamos a los mismos sitios, hay que cambiar de vez en cuando..."
Todo esto me "ombliga", que así llamo a hacer lo que me place porque el mundo me ha hecho así.

------------- Viernes:
He ido a un bar ignoto y poco atractivo, pero no hay sitio en el mundo, por pequeño que sea, en el que se pueda estar del todo a solas.
- "Hombre Patxi, ¡cuánto tiempo! ¿No?. .- Sí, desde primero o segundo de B.U.P.
- Patxi era el típico marciano del colegio que nunca sabías si llegaría a ser ministro o se suicidaría en una borrachera de pasión incontrolada. El encuentro me sirvió para comprobar que se había convertido en un "yonki" con traje, al que le quedaban muy pocos Domingos y que no podía disimular su decrépita, frágil y mortalmente decolorada que se encontraba su faz.
- Charlamos banalmente durante unos segundos, apuró muy rápido el "Rioja" que le había sacado y se marchó olvidando un paquete de tabaco encima del mostrador. . Para cuando mi cuerpo quiso moverse y decirle que se había dejado eso, él ya no estaba y yo lo abría para coger un cigarrillo.
- Dentro del paquete leo: " Devuélvenos lo que te has llevado o lo pasarás mal". Mi gesto cambia en milésimas y compruebo cómo el colorcillo que habían adquirido mis mejillas en las mañanas de paseos se torna gris y cómo en el espejo que había en la barra del Bar, que estaba sucio y rajado, todavía es más terrorífica la visión de mí y desvío la vista y pago y me voy y en el primer banco que encuentro me derrumbo y trato de tranquilizarme y de calibrar la situación.
- Tal vez el mensaje fuera para el propio Patxi y no para mí, intento concluir; pero son dos coincidencias en poco tiempo; dos coincidencias que no hacen otra cosa que llevarme al mismo punto de partida, y que no es otro que Tomas; con lo que en ese momento la única forma de averiguar algo, es encontrarle y tratar de atar los cabos que se empiezan a aferrar a mis piernas y a enredar mi estomago, oprimiéndolo hasta que llego a sentir nauseas y sudores verdosos.

Llevo tres días sin mirarme al espejo, sí creo que tengo miedo, que he cambiado mucho en poco tiempo, el suficiente como para que se note a simple vista hasta en mí, que me conozco y me veo todos los días, aún a sabiendas de que el hecho de no verme, no hace otra cosa que acentuar los cambios, si los hubiera, porque el no querer verme a mí mismo, espacia la última vez que lo hice, con lo cual, por lógica aplastante, la próxima vez que me vea, y sobre todo, cuanto más tiempo pase sin hacerlo, más cambios voy a notar en mí, y eso, aunque en circunstancias normales pudiera ser bueno, en un momento como este, de ansiedad e incertidumbre, sólo conduce a acercarme más a la lija que me enciende como la última cerilla de mi vida y mi cuerpo resplandezca más que nunca pero no llegue a combustir (si es así como se puede denominar al hecho de quemar mientras haya materia que se queme). Como si fuera una especie de llama eterna... No sé...
Entonces Tomas me mira extrañado y a la vez pensativo y me pasa el peta.
Bueno, me digo, ya he introducido parte de mi proyecto "el hombre ignífugo" a tomas. No sé si despreocuparme completamente de lo demás, de lo ocurrido hasta la fecha, pero también sé que con mi perorata y mi paranoia, le voy a dar más pie a que él me cuente las suyas y así, derivar la conversación hacia otros caminos sin que ninguno de los dos se sienta incómodo ni violento.
Jorge nos mira desde el fondo de la barra y dice algo acerca de la simbiosis y no sé qué...
.- Ven, dice Tomas, en casa tengo algo que quiero que veas.
Casi llego a la puerta antes de que termine la frase y entrámos en su casa en menos de un momento.

 
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